Al final uno se va desilusionando. Se emociona con una cosa y luego, cuando va pasando el tiempo, termina dándose uno cuenta de que no vale la pena y que todo sufrimiento es inútil. Esa desilusión se conjuga con una enorme tristeza y una sensación de estupidez. Había tardado mucho en darme cuenta de que es estúpido pedir peras a un olmo. Eso fue la primera vez. La vez siguiente, aún consciente de mi persistente idiotez, transigí y me volvieron a dar en el mismo lugar. Enojado, lo volví a intentar una tercera y una cuarta, pero con idéntico resultado. Errar es humano, errar continuadamente es de gilipollas. Soy un humano bastante gilipollas.
Y se cierra la temporada en la oficina. Un poco más pronto y cerramos en noviembre. Total, ¿para qué?. En cualquier caso, cerramos, con la visión de todas las lecciones aprendidas y el propósito de enmendar, en la medida de lo posible, los errores cometidos durante el año. Como culminación a un año de aprendizaje, tanto personal, como colectivo, celebramos el término de nuestras tareas en la oficina con el ritual del amigo invisible. Una costumbre que se modifica, según veo, en función del lugar. Aquí se escribe la lista de lo que se quiere, con lo que se sabe, supuestamente, de antemano lo que te van a regalar, pero no quién va a ser el que te lo regale. A mí esta modalidad, me parece de lo peor, porque se elimina el elemento sorpresa. También me sabe mal el tema de la cuota mínima obligatoria, es decir, los regalos tienen que ser equivalentes o superiores a cierto precio. Lo que para unos no es ningún sacrificio, para otros, supone el quitarse el bocado. No me gusta y así lo expresé. Me preguntaron que qué quería, y lo dije. Quería una tarjeta hecha a mano con el deseo de una feliz Navidad. Algo sencillo y creo que me haría más ilusión que que mi amigo secreto no pudiera irse a tomar unas cervezas (es un decir) por comprarme algo que no me hace falta. No soy yo quién para decir a los demás que no se gasten el dinero. Supongo que en su lugar, me sentiría herido en mi orgullo. A veces, ser sensible y pensar en los demás, puede ser ofensivo para los demás.
Y como no podría ser de otra manera, mi salida de vacaciones se ha visto amenazada por trabajo de última hora. Un marrón que debo resolver... ya debería estar acostumbrado.