El día que me vine a Nicaragua fue la última vez que la vi. Sentada en el sofá, con cara de sueño y como preguntándose qué coño hacíamos levantados tan pronto, la pude acariciar por última vez. Hoy recibí la noticia de su muerte y un pequeño trozo de mí se fue con ella. Mi perrita, que tantas alegrías y buenos momentos me había dado a mí y a mi familia nos abandonó, yéndose, presumo y quiero creer, al cielo de los perros.
Llegó a casa hace 15 años tras un episodio traumático para mi familia. Estuvimos a punto de perder la vida en un accidente de tráfico, del que afortunadamente salimos vivos de milagro. Y precisamente fue ese el nombre que le dimos a la perrita, milagro. Milagro porque salimos todos vivos, milagro porque al final mi padre accedió a comprar una perra cuando siempre se había opuesto a tener un animal en casa.
Era una yorkshire terrier, de manto azul fuego, que fue elegida entre sus otros hermanos porque le guiñó un ojo a mi madre. Pronto se convirtió en la reina de la casa y ocupó un lugar en nuestros corazones. Nos ayudó a mitigar el profundo dolor causado por el accidente y sus secuelas, de las que quizás aún no hayamos conseguido recuperarnos.
Hoy recordaba cuando de pequeña subía las escaleras para despertarnos para ir al colegio. No sé qué afición tenía por mi nariz, pero era subirse a mi cama y empezar a morderme la nariz con sus pequeños dientecitos. También recuerdo cuando mi abuela le enseñó a comer langostinos y de lo nerviosa que se ponía cuando sentía el olor de estos. Los largos paseos que nos dábamos, siendo objeto de las miradas de los vecinos asombrados por cómo un tipo tan grande salía con una perrita tan pequeña. Aquellos ratones mecánicos que le regalábamos por Navidad y que destrozaba al minuto de habérselos dado. De la escandalera que montaba cuando alguno de nosotros llegaba a casa o de cómo sabía que llegaba mi padre del trabajo nada más oír el ruido del motor del coche. De cuando tuvo un cachorro-zapato (embarazo psicológico) y se cabreaba si intentábamos tocarlo. De cómo gruñía si le tocabas la comida o de la que montaba cuando la bañaban. De como me buscaba para que la acariciara...
Me jodía enormemente que la llamaran "perro-patada" y más de uno se hubiera merecido una patada en la boca únicamente con mencionarlo, pero la incultura es un mal que azota nuestras sociedades y la violencia es el recurso de los incompetentes (que diría el gran Isaac). Ella era grande, a pesar de que su tamaño indicara lo contrario y su corazón, también lo era. Demasiado grande para su cuerpecito y eso fue lo que nos la arrebató. Su corazoncito dejó de latir y de ahí nuestras lágrimas y nuestro lamento.
Tengo el consuelo de los buenos momentos vividos con ella y muchos recuerdos que me hacen sonreir y pensar que seguirá viva mientras la recuerde, al menos en mi cabeza. Ya sé que es una cursilada hacer un panegírico de un perro. Recurrir a los tópicos que utilizamos para honrar a nuestros semejantes en el recuerdo de una mascota muerta no es más que otro defecto de los que tenemos los dueños de los perros, personificar al animal, dotarle de alma, en definitiva, humanizarla. Sí, en efecto, era un animal, pero que me dio más satisfacciones que la mayoría de los seres humanos de los que me he rodeado a lo largo de mi existencia. Si quiere acusarme de cursi, lo acepto. Soy y seré un cursi, pero no me quitará la satisfacción de escribir lo que me de la gana sobre un ser al que he querido y que siempre recordaré como lo que fue, un pequeño milagro.
Decía otro cursi, muchísimo más que yo. Un tal Oscar Wilde, que cuánto más que conocía a los seres humanos, más quería a su perro. Me imagino que lo diría con conocimiento de causa y no puedo estar más de acuerdo con su sentencia y continúo con los tópicos, pero no puedo resistirme. Este blog nació como puching-ball y estoy haciendo uso de él como consuelo por la tristeza que me acompaña en el día de hoy. Murió mi perrita y estoy triste. Eso no me lo quita nadie.
Llegó a casa hace 15 años tras un episodio traumático para mi familia. Estuvimos a punto de perder la vida en un accidente de tráfico, del que afortunadamente salimos vivos de milagro. Y precisamente fue ese el nombre que le dimos a la perrita, milagro. Milagro porque salimos todos vivos, milagro porque al final mi padre accedió a comprar una perra cuando siempre se había opuesto a tener un animal en casa.
Era una yorkshire terrier, de manto azul fuego, que fue elegida entre sus otros hermanos porque le guiñó un ojo a mi madre. Pronto se convirtió en la reina de la casa y ocupó un lugar en nuestros corazones. Nos ayudó a mitigar el profundo dolor causado por el accidente y sus secuelas, de las que quizás aún no hayamos conseguido recuperarnos.
Hoy recordaba cuando de pequeña subía las escaleras para despertarnos para ir al colegio. No sé qué afición tenía por mi nariz, pero era subirse a mi cama y empezar a morderme la nariz con sus pequeños dientecitos. También recuerdo cuando mi abuela le enseñó a comer langostinos y de lo nerviosa que se ponía cuando sentía el olor de estos. Los largos paseos que nos dábamos, siendo objeto de las miradas de los vecinos asombrados por cómo un tipo tan grande salía con una perrita tan pequeña. Aquellos ratones mecánicos que le regalábamos por Navidad y que destrozaba al minuto de habérselos dado. De la escandalera que montaba cuando alguno de nosotros llegaba a casa o de cómo sabía que llegaba mi padre del trabajo nada más oír el ruido del motor del coche. De cuando tuvo un cachorro-zapato (embarazo psicológico) y se cabreaba si intentábamos tocarlo. De cómo gruñía si le tocabas la comida o de la que montaba cuando la bañaban. De como me buscaba para que la acariciara...
Me jodía enormemente que la llamaran "perro-patada" y más de uno se hubiera merecido una patada en la boca únicamente con mencionarlo, pero la incultura es un mal que azota nuestras sociedades y la violencia es el recurso de los incompetentes (que diría el gran Isaac). Ella era grande, a pesar de que su tamaño indicara lo contrario y su corazón, también lo era. Demasiado grande para su cuerpecito y eso fue lo que nos la arrebató. Su corazoncito dejó de latir y de ahí nuestras lágrimas y nuestro lamento.
Tengo el consuelo de los buenos momentos vividos con ella y muchos recuerdos que me hacen sonreir y pensar que seguirá viva mientras la recuerde, al menos en mi cabeza. Ya sé que es una cursilada hacer un panegírico de un perro. Recurrir a los tópicos que utilizamos para honrar a nuestros semejantes en el recuerdo de una mascota muerta no es más que otro defecto de los que tenemos los dueños de los perros, personificar al animal, dotarle de alma, en definitiva, humanizarla. Sí, en efecto, era un animal, pero que me dio más satisfacciones que la mayoría de los seres humanos de los que me he rodeado a lo largo de mi existencia. Si quiere acusarme de cursi, lo acepto. Soy y seré un cursi, pero no me quitará la satisfacción de escribir lo que me de la gana sobre un ser al que he querido y que siempre recordaré como lo que fue, un pequeño milagro.
Decía otro cursi, muchísimo más que yo. Un tal Oscar Wilde, que cuánto más que conocía a los seres humanos, más quería a su perro. Me imagino que lo diría con conocimiento de causa y no puedo estar más de acuerdo con su sentencia y continúo con los tópicos, pero no puedo resistirme. Este blog nació como puching-ball y estoy haciendo uso de él como consuelo por la tristeza que me acompaña en el día de hoy. Murió mi perrita y estoy triste. Eso no me lo quita nadie.
Y la canción que hoy nos acompaña es "Roising Dubh (Black Rose): A Legend", de los míticos Thin Lizzy. Quizás sea mi canción preferida de este grupo irlandés, como la protagonista de la entrada de hoy. Una rosa negra, la más preciada y quizás la más difícil de conseguir. Me abandono, pues, en las guitarras y en la voz del recordado Lynott (Campanas de muerte resuenan pues, en la ciudad del rock and roll, ya no brillan las estrellas. ¿Sabes? ¡Phil Lynott murió!... - Los Suaves) intentando no ponerme más tierno de lo que estoy. Un abrazo desde Managua, Nicaragua





6 despropósitos:
Lo siento mucho Kike por Miracle, era super linda y divertida, y lo mejor es recordarla de esa manera.Y por la afición de tu nariz es obvio, es super elegante y linda.
Besos,
Moni
Hola Kike lamento mucho el suceso,sé que Eracle era y seguira siendo alquien importante para ti y tu familia,asi que creo deberías apoyarte en los bellos momentos que disfrutaste(con sus juegos,travesuras,ladridos,etc) y atesorarlo en tu corazón...Siempre estará entre nosotros.
Anda mucha fuerza! ,regalale una sonrisa hoy mañana y siempre a Eracles,vale.
venga cuidate bsts
hasta siempre
Yuriko
Vaya, lo siento...
Jo lo siento, recuerdo como Miracle me ladraba, lamia y como se me enganchaba siempre los dedos en su pelo. Igual que hay amigos que son como hermanos hay mascotas que son como hijos, no es nada cursi.
Lo siento mucho, Enrique. Sé lo que se siente y de verdad que también sé lo que has perdido. Te mando un abrazo fuerte.
Animo para la que recibió su guiño y para todos los que la echareis de menos.
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